Romper a llorar, llorar hasta romperse.
Y seguir esperando no más que un tierno abrazo, sostener una mirada por más de un vistazo sin arrancarse la piel de desesperación contenida en un puño cerrado en el bolsillo.
Someter el alma al escrutinio de los que te rodean.
Y entonces atormentar al corazón con preguntas, con respuestas, con dudas y con teoremas, estremecedor adorno de navidad colgado de un árbol seco, adormecedor canto de sirena en una noche de tormenta cuando nos acercamos a las rocas.
Y destrozar tu prestigio con tu divertimento.
Como droga que se inhala, añoraba tanto el contacto que puse mi mano en la suya, mis dedos en su pierna, mi anhelo y mi egoísmo en su alma.
Aunque se corte de raíz el cordón umbilical de nuestra amistad.
Convirtiéndome de nuevo en señor de la locura, decadencia, malfario y fanfarria de noche. Cascabel de serpiente y piel de cordero que degüella al dueño y cuchillo en mano se lanza a la caza del silencio de los atormentados.
Hacedor de quehaceres, deshacedor de entuertos, amparo de los desamparados en paro, en congestión y en coma. Nido de golondrinas de entretiempo. Pulpo de compañía, elefante con alas, tortuga gigante en tu jardín. Perro solitario lleno de pecina y más cabrón que un corte entre los dedos.
Inusitado musicómano de letras francesas que no entiendo. Playback profesional de cantantes ingleses.
Malinterpretador de voces sopranas. Ecuación sin su X, mapa sin su tesoro, hamburguesa sin su pepinillo.
Empezando a no ser de nuevo. La rutina está volviendo y amenaza con quedarse. Y sólo el deseo de volar es el que anima a querer afrontar el segundo que está por venir, el que ya ha pasado, el que está, el que viene, el que casi llega, el que se fue y no da tiempo de saborear.
No recuerdo a qué sé, ni sé a que supe. No lo recuerdo. Me obligué a borrarlo para memorizar más canciones tristes que llenen los vacíos que quedan los domingos por la noche. Esos momentos sin humanidad en los que se puede navegar en los sueños de los demás y desear que les vaya bien en sus onirismos.
Como elemento arquitectónico no tengo precio. Ni como cero a la izquierda, tal vez como derecha de la X perdida anteriormente o angina de una sola noche; dichosa sinfonía de quejíos creada por unos pocos mortales.
Polvo lunar, lluvia de doritos, el misionero y la monja en mitad de un solo de bajo.
Fap, fap, fap, aletea un pez volador que huye de un cielo que se hunde.
Y un adiós clandestino con la mano en una juerga de mancos sin Lepanto.
Sólo un momento de paz idealizada.
Y un suspiro al oído para despertar de ella.