Dando un repaso, a ver si todo seguía correcto, me di cuenta que la suma perfección de mis grabados ni por asomo igualaba la magnificiencia y maravillosidad de los pergaminos que había encontrado.
Textos enriquecidos y enaltecidos por una belleza espiritual inigualable. Ornamentados con ricos bocetos de seres fantásticos con poderes tan abstractos e inimaginables que no caben ni en mil mentes humanas, ni en las más científicas.
Cualquier palabra que se escribiera o cualquier sílaba que saliera de nuestra razón, ni por asomo se podría igualar con aquello. Incluso, ni la propia intención de intentar entender lo que mis ojos contemplaban era capaz de invadir aquella grandeza.
Se acaban los adjetivos y los sustantivos con los que describir, casi insultando esta obra.
La imaginación intentará comprenderlo, pero es con el corazón con el que podemos amarlo.
Tal singularidad que se contempla, se hace mayor que la multiplicidad universal y no es por propio mérito. Si nosotros no quisiéramos atribuirle esa grandeza, aquello no sería más que unas tristes páginas del diario de una niña de 14 años.

