sábado, 13 de febrero de 2010

Hablando de Marruecos...



Entonces me confirmé en aquello que me había planteado durante todo este tiempo.
Sentado en aquel ruidoso bar en el centro de la ciudad, comprendí el porqué de mi camino,
la causa por la que emprendí este viaje
y el motivo que me hizo luchar hasta el final.
Jamás se me pasó por la cabeza encontrarme ante tal situación,
mi destino iba a ser como cualquier otro: simple, aburrido, triste y esperado
(que no desesperado)
Ahora que la vida me ha convertido en persona de nuevo,
mi alma ha vuelto a hacerse infante.
Es ese fuego del alma el que actúa sobre mí,
y, con juegos y miradas,
quema todo atisbo que pudiera quedar de la felicidad que se fue
y de la tristeza que llegó.
El fósforo vuelve a arder,
la nieve no lo a enterrado,
ni las lluvias lo han empapado.
Simplemente ha dormido,
más bien hibernado,
esperando una humilde primavera
que rozara su tosca piel
para alumbrarlo.

Es pasión lo que fluye,
deseo, amor y
desenfreno.
Lujuria en la oscuridad,
belleza en la tranquilidad,
romanticismo en la penumbra.
Paseando por las calles de la ciudad logré incluirme en sus mil olores,
aparecerme en las esquinas
y encontrarme conmigo mismo en los bancos.
Laberinto de color y sinestesias,
riachuelos de tés y aromas,
fuente de riquezas y ricuras.
Paraíso del exotismo y Parnaso de la evasión.
Marruecos, trasmite.
Marruecos hace trasmitir.
Sólo déjate llevar...


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