Cuando el hombre se despertó en su mansión al día siguiente, todo parecía más oscuro que de costumbre. La oscuridad no le dejaba ni encontrar su propio cuerpo, el frío le invadió al encontrarse perdido en su propia cama.
Armándose de valor alcanzó a levantarse y abrir el portalón de la ventana para asomarse al jardín. En aquel momento un intenso sol casi veraniego invadió la habitación, penetrando cada rayo en todos los rincones de la casa. Aquella luz natural parecía como que limpiaba las paredes, el desconchado de los cuadros, el polvo de las mesillas...
Su madre subió tan alterada la escalera y a tanta velocidad que ni con 50 años menos las hubiera subido tan rápida. Su cara reflejaba frescura y vitalidad.
Al mirar de nuevo por la balconada de su cuarto vio el humo en la vieja nave de los anises. Cuando bajó, su sorpresa fue encontrar la vieja máquina destiladora con leña en su caldera, y con un fuego vivo y a la vez melancólico.
El goteo del anís volvía a caer en la garrafa mientras que en la serigráfica, manteniendo el viejo diseño de 1900, se volvían a imprimir las etiquetas de las botellas.
Cuando su madre llegó a la nave abrazó a Rafael y le dio las gracias por haber soñado su mismo sueño, por haber recordado sus recuerdos y por haber reavivado el viejo fuego que se había mantenido incandescente y dormitando durante tanto tiempo en su corazón.
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