Aquel ocaso enrojecido por la sangre del temor trasmitía la última imagen colorida de este mundo, que a partir de ahora se sumergiría en la oscuridad eterna.
La gente abandonaba sus devotos, ignoraba sus creencias, aborrecía los rezos, tan sólo miraban ese inclemente sol que se iba disipando en el horizonte para no volver a salir jamás.
Ya era tarde para los valientes, para las escenas de pasión, honor y esperanza. Todo estaba perdido y fue por nuestra culpa, la de unos y la de otros, la de los que no se rinden y la de los que se rindieron antes de tiempo. Los que aceptaron el final sin luchar y ahora quieren luchar para remendar lo inevitable.
Es culpa de todos que los mitos que hemos construido hayan terminado con ellos mismos. Que los escalones de la sociedad no sean mas que peldaños de arena sobre un fondo de hojas. Todo se desmorona sobre su propia mierda, y la suciedad en la que vivimos se termina aquí. Por fin lo hemos logrado.
El Mundo llega a su fin, no hay juicio final ni apocalipsis, sino verdad y realidad. La cruda realidad.
Un suicidio colectivo.
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