Errores que se cometen en momentos de vacío neuronal.
A uno que le da por hacer cosas sin sentido, que asustan.
Por eso no están las fotos en todos los escritos.
Se irán subiendo progresivamente.
Quedan pedidas mis disculpas.
martes, 25 de noviembre de 2014
lunes, 17 de marzo de 2014
Another Brick In The Wall.
Para ser escuchado hay que molestar. Porque uno tiene que ser único y solo el necio se conforma con la comodidad. Ser estable no es divertido, hay que mojarse, hay que pringar y hay que ser un poco borde, añadirle picante a la existencia. Triunfar siendo aquel que provoque el cambio en los tiempos.
No es quien quien tira la piedra, sino el que coloca la piedra.
Quiero demostrarme todo lo que no me he dejado hasta ahora. Comerme los segundos, luchar, pelear, esforzarme más que nadie. Ser un grano en el culo de quien sea. Un puto grano.
Gordo, cabrón y empecinado, pero feliz y con la confianza de hacer lo que debo.
Quiero que empiece un nuevo orden. Y el renacimiento que tanto necesitaba.
No es quien quien tira la piedra, sino el que coloca la piedra.
Quiero demostrarme todo lo que no me he dejado hasta ahora. Comerme los segundos, luchar, pelear, esforzarme más que nadie. Ser un grano en el culo de quien sea. Un puto grano.
Gordo, cabrón y empecinado, pero feliz y con la confianza de hacer lo que debo.
Quiero que empiece un nuevo orden. Y el renacimiento que tanto necesitaba.
lunes, 3 de febrero de 2014
Utilicen la salida de emergencia.
Desear estar enfermo, a lo mejor así alguien se preocupa por ti y te da ese abrazo que tanto necesitas, y esas caricias en el cuello que durante dos segundos te hacen levitar del plomo de tus zapatos.
Romper a llorar, llorar hasta romperse.
Y seguir esperando no más que un tierno abrazo, sostener una mirada por más de un vistazo sin arrancarse la piel de desesperación contenida en un puño cerrado en el bolsillo.
Someter el alma al escrutinio de los que te rodean.
Y entonces atormentar al corazón con preguntas, con respuestas, con dudas y con teoremas, estremecedor adorno de navidad colgado de un árbol seco, adormecedor canto de sirena en una noche de tormenta cuando nos acercamos a las rocas.
Y destrozar tu prestigio con tu divertimento.
Como droga que se inhala, añoraba tanto el contacto que puse mi mano en la suya, mis dedos en su pierna, mi anhelo y mi egoísmo en su alma.
Aunque se corte de raíz el cordón umbilical de nuestra amistad.
Convirtiéndome de nuevo en señor de la locura, decadencia, malfario y fanfarria de noche. Cascabel de serpiente y piel de cordero que degüella al dueño y cuchillo en mano se lanza a la caza del silencio de los atormentados.
Hacedor de quehaceres, deshacedor de entuertos, amparo de los desamparados en paro, en congestión y en coma. Nido de golondrinas de entretiempo. Pulpo de compañía, elefante con alas, tortuga gigante en tu jardín. Perro solitario lleno de pecina y más cabrón que un corte entre los dedos.
Inusitado musicómano de letras francesas que no entiendo. Playback profesional de cantantes ingleses.
Malinterpretador de voces sopranas. Ecuación sin su X, mapa sin su tesoro, hamburguesa sin su pepinillo.
Empezando a no ser de nuevo. La rutina está volviendo y amenaza con quedarse. Y sólo el deseo de volar es el que anima a querer afrontar el segundo que está por venir, el que ya ha pasado, el que está, el que viene, el que casi llega, el que se fue y no da tiempo de saborear.
No recuerdo a qué sé, ni sé a que supe. No lo recuerdo. Me obligué a borrarlo para memorizar más canciones tristes que llenen los vacíos que quedan los domingos por la noche. Esos momentos sin humanidad en los que se puede navegar en los sueños de los demás y desear que les vaya bien en sus onirismos.
Como elemento arquitectónico no tengo precio. Ni como cero a la izquierda, tal vez como derecha de la X perdida anteriormente o angina de una sola noche; dichosa sinfonía de quejíos creada por unos pocos mortales.
Polvo lunar, lluvia de doritos, el misionero y la monja en mitad de un solo de bajo.
Fap, fap, fap, aletea un pez volador que huye de un cielo que se hunde.
Y un adiós clandestino con la mano en una juerga de mancos sin Lepanto.
Sólo un momento de paz idealizada.
Y un suspiro al oído para despertar de ella.
Romper a llorar, llorar hasta romperse.
Y seguir esperando no más que un tierno abrazo, sostener una mirada por más de un vistazo sin arrancarse la piel de desesperación contenida en un puño cerrado en el bolsillo.
Someter el alma al escrutinio de los que te rodean.
Y entonces atormentar al corazón con preguntas, con respuestas, con dudas y con teoremas, estremecedor adorno de navidad colgado de un árbol seco, adormecedor canto de sirena en una noche de tormenta cuando nos acercamos a las rocas.
Y destrozar tu prestigio con tu divertimento.
Como droga que se inhala, añoraba tanto el contacto que puse mi mano en la suya, mis dedos en su pierna, mi anhelo y mi egoísmo en su alma.
Aunque se corte de raíz el cordón umbilical de nuestra amistad.
Convirtiéndome de nuevo en señor de la locura, decadencia, malfario y fanfarria de noche. Cascabel de serpiente y piel de cordero que degüella al dueño y cuchillo en mano se lanza a la caza del silencio de los atormentados.
Hacedor de quehaceres, deshacedor de entuertos, amparo de los desamparados en paro, en congestión y en coma. Nido de golondrinas de entretiempo. Pulpo de compañía, elefante con alas, tortuga gigante en tu jardín. Perro solitario lleno de pecina y más cabrón que un corte entre los dedos.
Inusitado musicómano de letras francesas que no entiendo. Playback profesional de cantantes ingleses.
Malinterpretador de voces sopranas. Ecuación sin su X, mapa sin su tesoro, hamburguesa sin su pepinillo.
Empezando a no ser de nuevo. La rutina está volviendo y amenaza con quedarse. Y sólo el deseo de volar es el que anima a querer afrontar el segundo que está por venir, el que ya ha pasado, el que está, el que viene, el que casi llega, el que se fue y no da tiempo de saborear.
No recuerdo a qué sé, ni sé a que supe. No lo recuerdo. Me obligué a borrarlo para memorizar más canciones tristes que llenen los vacíos que quedan los domingos por la noche. Esos momentos sin humanidad en los que se puede navegar en los sueños de los demás y desear que les vaya bien en sus onirismos.
Como elemento arquitectónico no tengo precio. Ni como cero a la izquierda, tal vez como derecha de la X perdida anteriormente o angina de una sola noche; dichosa sinfonía de quejíos creada por unos pocos mortales.
Polvo lunar, lluvia de doritos, el misionero y la monja en mitad de un solo de bajo.
Fap, fap, fap, aletea un pez volador que huye de un cielo que se hunde.
Y un adiós clandestino con la mano en una juerga de mancos sin Lepanto.
Sólo un momento de paz idealizada.
Y un suspiro al oído para despertar de ella.
lunes, 27 de enero de 2014
Cuatro microrelatos rescatados.
Deja que el rio se lleve tu mente, tus malos pensamientos y
dolores de cabeza. Que todo lo que te saca del mundo real se pierda en el fondo
de los mares, tras haber recorrido el largo camino de la vida.
La pureza es la que nos conforta
y nos duerme en la tranquilidad.
En el gran piso silencioso hay un hombre sentado en un
sillón en la oscuridad.
Ha pedido quedarse solo, él, que siempre ha tenido terror a
la soledad, a las habitaciones vacías, a la penumbra. Los otros se han ido
después de haberle preguntado una última vez, antes de salir, con una nota de
ansiedad en la voz, si estaba realmente seguro de querer quedarse allí, sin
nadie que lo cuidara.
Ha respondido que sí, tranquilizador. Conoce tan bien esa gran
casa que puede moverse libremente, sin nada que temer.
Las voces se han disuelto en los ruidos de los pasos que se
alejan, de una puerta que se cierra, de un ascensor que baja. Poco a poco esos
ruidos se transforman en silencio.
Así que ahora está solo, y piensa.
En la calma de esta noche de finales de mayo piensa en el
vigor de los años pasados. Piensa en su breve verano, que se precipita hacia el
otoño de los años que vendrían, que ya no recorrerá sobre las puntas de los
pies, sino con las plantas firmemente asentadas sobre el suelo, aprovechando
cualquier sólido asidero para no caer.
Por la ventana abierta entra el perfume del mar. Tiende una
mano y enciende una lámpara colocada sobre una mesita, a su lado. Casi nada
cambia para sus ojos, que ya se han vuelto un teatro de sombras. Vuelve a
pulsar el botón. La luz se apaga, al soplo de un suspiro sin esperanza, como
una vela. El hombre sentado en el sillón piensa ahora en lo que le espera.
Deberá habituarse al olor de la cosas, a su peso, a su voz, cuando todas queden
anegadas en el mismo idéntico color.
¿Qué esperas conseguir con esto? ¿Pretendes dirigirte hacia mí
y que te perdone por lo que has hecho?
El mundo es complicado, pero tu existencia sobrepasa los
límites. No mereces que lloren por ti, has hecho mucho daño a nuestra familia,
has olvidado que otra persona te amaba y la has abandonado a su suerte mientras
tu vergonzosa soberbia te hace ser un cobarde.
Márchate, cierra la puerta, no vuelvas la cabeza. Prefiero
que huyas y te escondas en tu puta apariencia. Ya me encargo yo de que tu alma
vaya muriendo, si es que la encuentro.
Cabrón.
Al final, aquel hombre triste y solitario, dejó su vida
lanzándose al más profundo de los mares de la desilusión. Demasiados engaños
habían asolado su alma, haciendo que se convirtiera cada vez más en un reducto
perdido en la inmensidad de su miseria. No podía soportar caer en el olvido,
aunque esa era ya una realidad que sólo el conocía...
El hombre vagaba solo por las calles, paseando sin caminar,
solo con la mirada. Evadiéndose de las pretensiones del mundo en el que se
encontraba. Trasladándose hacia los lugares más remotos de su universo. Vagando
por las vanas ilusiones y esperanzas de una vida plena de juventud y vitalidad.
Aquella sombra paseaba por las calles de Londres, el vapor
del metro subía por los alcantarillados, destapando la parte más oscura de la
ciudad de las luces. Son las 8 de la tarde y el hombre se desvanece...
Buenos días.
En el concurrir de una calle desierta de personas caminaba observando los quehaceres de los cuatro hombres que me perseguían desde la plaza Mayor y que no paraban de cuchichear a medida que me iba metiendo en aquel callejón sin salida.
Desperté en una habitación.
Suelo de madera, ventana enrejada, tal vez hierro, no tan acero. Hacia ninguna parte extendióse la vista cuando me asomé: laberintos de casas y callejuelas, mundanal ruido de gentes, peleas y Carnavalitos.
Yo, en mitad de un grito sepulcral.
No me podían haber quitado mucho, sólo 5 pesos, una camiseta y algo de agua embotellada. El móvil seguía teniéndolo yo, en retaguardia, y fue lo primero que traté de utilizar.
Lo segundo, mirar, escapar.
La puerta era sólida. La ventana, un salto al vacío si antes conseguía vencer a los firmes barrotes anclados a mi desesperación.
El techo, parece ido, desvencijado. Sólo tuve que agarrar una lasca de madera y comenzar a agujerear. Para la noche, ya hube abierto una entrada tal que mi cabeza. Para el desayuno, tras la visita para pedirme lo que llevara encima, pude aferrarme a los bordes y salir de aquella estancia.
Salí a una especie de buhardilla, pero debía de ser la especie a la que nadie sube, en la que hay palomas, entra luz por todas partes y el suelo es un despropósito a la seguridad.
Sólo tuve que salir y volver con los que antes eran mis amigos, recorrer de nuevo esas calles soleadas, estrechas y transitadas hasta algo que me sonase, una sola parada para mirar hubiera estado bien, pero no paraba de acecharme mi propio miedo.
Una monja para su coche: ¿eres tú? Ven, acércate. - No voy, gracias. Sí, soy al que le gusta ayudar a los desamparados.
Dios te bendiga.
Al final, despierto. Otra vez. Solo. Con un objetivo subjetivamente subjuntivado y nada más que unas firmes ganas de seguir cantando, soñando y haciendo de cada noche una película de esas que se inventan aquí arriba.
Desperté en una habitación.
Suelo de madera, ventana enrejada, tal vez hierro, no tan acero. Hacia ninguna parte extendióse la vista cuando me asomé: laberintos de casas y callejuelas, mundanal ruido de gentes, peleas y Carnavalitos.
Yo, en mitad de un grito sepulcral.
No me podían haber quitado mucho, sólo 5 pesos, una camiseta y algo de agua embotellada. El móvil seguía teniéndolo yo, en retaguardia, y fue lo primero que traté de utilizar.
Lo segundo, mirar, escapar.
La puerta era sólida. La ventana, un salto al vacío si antes conseguía vencer a los firmes barrotes anclados a mi desesperación.
El techo, parece ido, desvencijado. Sólo tuve que agarrar una lasca de madera y comenzar a agujerear. Para la noche, ya hube abierto una entrada tal que mi cabeza. Para el desayuno, tras la visita para pedirme lo que llevara encima, pude aferrarme a los bordes y salir de aquella estancia.
Salí a una especie de buhardilla, pero debía de ser la especie a la que nadie sube, en la que hay palomas, entra luz por todas partes y el suelo es un despropósito a la seguridad.
Sólo tuve que salir y volver con los que antes eran mis amigos, recorrer de nuevo esas calles soleadas, estrechas y transitadas hasta algo que me sonase, una sola parada para mirar hubiera estado bien, pero no paraba de acecharme mi propio miedo.
Una monja para su coche: ¿eres tú? Ven, acércate. - No voy, gracias. Sí, soy al que le gusta ayudar a los desamparados.
Dios te bendiga.
Al final, despierto. Otra vez. Solo. Con un objetivo subjetivamente subjuntivado y nada más que unas firmes ganas de seguir cantando, soñando y haciendo de cada noche una película de esas que se inventan aquí arriba.
martes, 21 de enero de 2014
El universo es sabio, y nos hizo dos manos y una mente escandalosamente imaginativa.
Y ahora es cuando yo me vuelvo pequeño.
Recojo mis rodillas contra mi corazón y escribo con un sólo dedo toda la alegría llorosa que me invade.
Palpito. Me emociono al leer.
Y tan sólo espero encontrarte.
Como un fuego tiritando. Una sombra que quiere ser luz. El agua que quiere ser alcohol, para presumir de alguna sensación. Y el alcohol, borracho de sí mismo, quiere ser agua.
Harto de nadar, se detiene el delfín, y se pregunta qué pasaría si se dejase llevar. A qué confines le llevaría la corriente. Y más importante, ¿llegaría al fin el delfín? O se reiría de la creación.
Es más probable, como la leche que quiere ser yogur para sentirse más entera, el delfín podría ser el primero en dejarse llevar.
Aunque no se dejaría llevar tanto como el whisky que cae por mi garganta. Tres chupitos y ya sabe bien. ¿Dónde está el límite contigo? Si empiezas a saber bien, como el chico feo que al final de la noche es una chica preciosa, es que vas mal. No mal, sino "no tan bien". Aunque en estos casos todo es posible, como la chica que escribe para liberarse, y deja de escribir también para liberarse, pero no se deja, porque es su amor acérrimo a las sábanas, al calor, al aire, al té, a la hierba, a la vida, es todo ello lo que no permite a uno ver que si algo es malo, después será bueno.
¿Más solo que la una? Al menos te tienes. Más solo que el cero, por eso todos somos sinceros, para buscarnos un uno que nos complazca, quizá un trío que nos satisfaga. No tanto una pareja, porque si es el sexo lo que nos preocupa, como le preocupa la música a la naturaleza, siempre aparece algo que nos ayuda.
El universo es sabio, y nos hizo dos manos y una mente escandalosamente imaginativa.
Por eso, como el pañuelo que quiere ser fular, tal vez bufanda, quiero optar a un puesto en tu cuello.
Tal vez, al igual que el sol rodea la Tierra para buscar su luna, yo quiero buscarte entre la ropa.
Y, como amanece en un día nublado, sin pretenderlo, ahogando cada pestañeo en un crepitar de mi aliento,
ojalá pueda encontrar tu mirada en cualquier gota de lluvia que fluya por este alma desvencijada que,
como una flor de un día, abre su corazón hoy para poder romperse, de nuevo, mañana.
Recojo mis rodillas contra mi corazón y escribo con un sólo dedo toda la alegría llorosa que me invade.
Palpito. Me emociono al leer.
Y tan sólo espero encontrarte.
Como un fuego tiritando. Una sombra que quiere ser luz. El agua que quiere ser alcohol, para presumir de alguna sensación. Y el alcohol, borracho de sí mismo, quiere ser agua.
Harto de nadar, se detiene el delfín, y se pregunta qué pasaría si se dejase llevar. A qué confines le llevaría la corriente. Y más importante, ¿llegaría al fin el delfín? O se reiría de la creación.
Es más probable, como la leche que quiere ser yogur para sentirse más entera, el delfín podría ser el primero en dejarse llevar.
Aunque no se dejaría llevar tanto como el whisky que cae por mi garganta. Tres chupitos y ya sabe bien. ¿Dónde está el límite contigo? Si empiezas a saber bien, como el chico feo que al final de la noche es una chica preciosa, es que vas mal. No mal, sino "no tan bien". Aunque en estos casos todo es posible, como la chica que escribe para liberarse, y deja de escribir también para liberarse, pero no se deja, porque es su amor acérrimo a las sábanas, al calor, al aire, al té, a la hierba, a la vida, es todo ello lo que no permite a uno ver que si algo es malo, después será bueno.
¿Más solo que la una? Al menos te tienes. Más solo que el cero, por eso todos somos sinceros, para buscarnos un uno que nos complazca, quizá un trío que nos satisfaga. No tanto una pareja, porque si es el sexo lo que nos preocupa, como le preocupa la música a la naturaleza, siempre aparece algo que nos ayuda.
El universo es sabio, y nos hizo dos manos y una mente escandalosamente imaginativa.
Por eso, como el pañuelo que quiere ser fular, tal vez bufanda, quiero optar a un puesto en tu cuello.
Tal vez, al igual que el sol rodea la Tierra para buscar su luna, yo quiero buscarte entre la ropa.
Y, como amanece en un día nublado, sin pretenderlo, ahogando cada pestañeo en un crepitar de mi aliento,
ojalá pueda encontrar tu mirada en cualquier gota de lluvia que fluya por este alma desvencijada que,
como una flor de un día, abre su corazón hoy para poder romperse, de nuevo, mañana.
Un resquicio.
Cuando la soledad se harta de mí, es solo el corazón quien permanece.
Y no puedo evitar ver cómo en el descontrol onírico de cada noche se cuela un ángel para recordarme que no quiero estar solo.
Me obligo a abandonar la creencia que opina que estoy mejor solo, y me transporto a un mundo donde jamás lo estoy.
Incluso amo.
Era un ángel.
Era la persona a la que amaba.
Era mi razón de vivir. Mi razón de sonreír. La razón para despertar mi alma de su muerte letárgica.
Ella curaba mis cicatrices, besaba mis aflicciones, y acariciaba las asperezas de mis recuerdos.
Si ella estaba junto a mí, jamás querría estar solo.
Quería vivir por ella. Llorar por ella. Desgajarme cada pedazo de piel que pudiera cubrir su tristeza y acostarme cada noche abrazando su alma.
Sin embargo, despierto.
Amanezco solo, a oscuras, con las manos en la cara.
Humedad en mi almohada, ¿lágrimas? Tal vez, o tan sólo miseria.
De decadencia falseada.
De una huida fallida hacia ninguna parte.
Y de un pacto con nadie para nunca ser feliz.
No quiero amar, ni ser correspondido. Ni manejar a mi antojo la mueca de nadie.
Mi tarea consiste en seguir. Acabar. Seguir. Y seguir.
Nada más que incongruencia es lo que debe rodearme.
Pero no acabaré del todo conmigo.
Porque aún puedo llorar.
Introduction to destruction.
Nada, en mi vida nada.
Amanece otra vez y no ocurre nada.
Un hueco vacío,
un estante sin objeto y un atardecer sin colorear.
Los sueños me abruman entre quehaceres y desenlaces poco afortunados,
con miedo, con rabia, con incertidumbre.
No logro sentirme vivo, me fallan las fuerzas y las voluntades,
y no hay mayor infortunio que la propia existencia.
Pero sigo despertando cada día,
y manejando la cabeza al antojo del corazón,
llevándome a donde nadie llega,
a cometer delitos,
intoxicarme,
egolatrarme
y casi disfrutar con esta especie de decadencia que espero construir a duras penas.
¿Qué escape quiero?
¿A quién quiero engañar?
De vuelta, un carajo.
Sigo yendo a los sitios. Sigo cargándome.
No aprenderé.
Aunque me autocontroversie oyendo música,
autoconsolándome con los 70,
automanejándome cada semana,
y autoesperanzándome con la vana idea de hacerme persona.
Lo siguiente va a ser menos glorificante,
pero más gratificante.
Voy a ser.
Lo voy a intentar.
Amanece otra vez y no ocurre nada.
Un hueco vacío,
un estante sin objeto y un atardecer sin colorear.
Los sueños me abruman entre quehaceres y desenlaces poco afortunados,
con miedo, con rabia, con incertidumbre.
No logro sentirme vivo, me fallan las fuerzas y las voluntades,
y no hay mayor infortunio que la propia existencia.
Pero sigo despertando cada día,
y manejando la cabeza al antojo del corazón,
llevándome a donde nadie llega,
a cometer delitos,
intoxicarme,
egolatrarme
y casi disfrutar con esta especie de decadencia que espero construir a duras penas.
¿Qué escape quiero?
¿A quién quiero engañar?
De vuelta, un carajo.
Sigo yendo a los sitios. Sigo cargándome.
No aprenderé.
Aunque me autocontroversie oyendo música,
autoconsolándome con los 70,
automanejándome cada semana,
y autoesperanzándome con la vana idea de hacerme persona.
Lo siguiente va a ser menos glorificante,
pero más gratificante.
Voy a ser.
Lo voy a intentar.
lunes, 13 de enero de 2014
¡Cariño, he vuelto!
Hola, ¿qué tal?
He vuelto.
¡Qué de polvo por aquí!
Parece como si hubiera aparcado la mente tanto tiempo que quizá hasta haya perdido grandilocuencia y sagacidad en esta escorrentía que llamo mente.
No escribo en balde, sino que tengo algo que anunciar. Mi corazón late y palpita!
Creí que aquello se había quedado atrás, que no iba conmigo, pero nada más lejos de la creencia de sentirme especial.
Sigo siendo la misma mierda de tío, más gordo, más drogadicto y un tanto más cabrón. Me sigue masturbando el dolor,
Y las ganas de esconderme en el muro de la maña.
Pero, mira tú por dónde, la fortuna ha colocado algún resquicio de lozanería a mi pensamiento:
No tanto un arpegio de guitarra,
Sino una sonata invernal,
brisa de suavidad desesperada es su piel,
No tan permisivos los ojos,
que pelean con la mirada.
E irrumpen con sus manos,
Firmes,
Destrozadas del castigo de las estrellas.
Dame un castillo para destruir y un monte al que trepar de nuevo.
Aún dura la guerra del entero de mi yo.
Pero descubres algo afuera de que nuevo espera agazapado, a la sombra de un libro,
En el calor de una pluma.
La maquinaria vuelve a funcionar,
Decadencia condescendiente al ritmo de Extremoduro. Vida.
He vuelto.
¡Qué de polvo por aquí!
Parece como si hubiera aparcado la mente tanto tiempo que quizá hasta haya perdido grandilocuencia y sagacidad en esta escorrentía que llamo mente.
No escribo en balde, sino que tengo algo que anunciar. Mi corazón late y palpita!
Creí que aquello se había quedado atrás, que no iba conmigo, pero nada más lejos de la creencia de sentirme especial.
Sigo siendo la misma mierda de tío, más gordo, más drogadicto y un tanto más cabrón. Me sigue masturbando el dolor,
Y las ganas de esconderme en el muro de la maña.
Pero, mira tú por dónde, la fortuna ha colocado algún resquicio de lozanería a mi pensamiento:
No tanto un arpegio de guitarra,
Sino una sonata invernal,
brisa de suavidad desesperada es su piel,
No tan permisivos los ojos,
que pelean con la mirada.
E irrumpen con sus manos,
Firmes,
Destrozadas del castigo de las estrellas.
Dame un castillo para destruir y un monte al que trepar de nuevo.
Aún dura la guerra del entero de mi yo.
Pero descubres algo afuera de que nuevo espera agazapado, a la sombra de un libro,
En el calor de una pluma.
La maquinaria vuelve a funcionar,
Decadencia condescendiente al ritmo de Extremoduro. Vida.
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