Amanece otra vez y no ocurre nada.
Un hueco vacío,
un estante sin objeto y un atardecer sin colorear.
Los sueños me abruman entre quehaceres y desenlaces poco afortunados,
con miedo, con rabia, con incertidumbre.
No logro sentirme vivo, me fallan las fuerzas y las voluntades,
y no hay mayor infortunio que la propia existencia.
Pero sigo despertando cada día,
y manejando la cabeza al antojo del corazón,
llevándome a donde nadie llega,
a cometer delitos,
intoxicarme,
egolatrarme
y casi disfrutar con esta especie de decadencia que espero construir a duras penas.
¿Qué escape quiero?
¿A quién quiero engañar?
De vuelta, un carajo.
Sigo yendo a los sitios. Sigo cargándome.
No aprenderé.
Aunque me autocontroversie oyendo música,
autoconsolándome con los 70,
automanejándome cada semana,
y autoesperanzándome con la vana idea de hacerme persona.
Lo siguiente va a ser menos glorificante,
pero más gratificante.
Voy a ser.
Lo voy a intentar.
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