Cuando la soledad se harta de mí, es solo el corazón quien permanece.
Y no puedo evitar ver cómo en el descontrol onírico de cada noche se cuela un ángel para recordarme que no quiero estar solo.
Me obligo a abandonar la creencia que opina que estoy mejor solo, y me transporto a un mundo donde jamás lo estoy.
Incluso amo.
Era un ángel.
Era la persona a la que amaba.
Era mi razón de vivir. Mi razón de sonreír. La razón para despertar mi alma de su muerte letárgica.
Ella curaba mis cicatrices, besaba mis aflicciones, y acariciaba las asperezas de mis recuerdos.
Si ella estaba junto a mí, jamás querría estar solo.
Quería vivir por ella. Llorar por ella. Desgajarme cada pedazo de piel que pudiera cubrir su tristeza y acostarme cada noche abrazando su alma.
Sin embargo, despierto.
Amanezco solo, a oscuras, con las manos en la cara.
Humedad en mi almohada, ¿lágrimas? Tal vez, o tan sólo miseria.
De decadencia falseada.
De una huida fallida hacia ninguna parte.
Y de un pacto con nadie para nunca ser feliz.
No quiero amar, ni ser correspondido. Ni manejar a mi antojo la mueca de nadie.
Mi tarea consiste en seguir. Acabar. Seguir. Y seguir.
Nada más que incongruencia es lo que debe rodearme.
Pero no acabaré del todo conmigo.
Porque aún puedo llorar.
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