Desperté en una habitación.
Suelo de madera, ventana enrejada, tal vez hierro, no tan acero. Hacia ninguna parte extendióse la vista cuando me asomé: laberintos de casas y callejuelas, mundanal ruido de gentes, peleas y Carnavalitos.
Yo, en mitad de un grito sepulcral.
No me podían haber quitado mucho, sólo 5 pesos, una camiseta y algo de agua embotellada. El móvil seguía teniéndolo yo, en retaguardia, y fue lo primero que traté de utilizar.
Lo segundo, mirar, escapar.
La puerta era sólida. La ventana, un salto al vacío si antes conseguía vencer a los firmes barrotes anclados a mi desesperación.
El techo, parece ido, desvencijado. Sólo tuve que agarrar una lasca de madera y comenzar a agujerear. Para la noche, ya hube abierto una entrada tal que mi cabeza. Para el desayuno, tras la visita para pedirme lo que llevara encima, pude aferrarme a los bordes y salir de aquella estancia.
Salí a una especie de buhardilla, pero debía de ser la especie a la que nadie sube, en la que hay palomas, entra luz por todas partes y el suelo es un despropósito a la seguridad.
Sólo tuve que salir y volver con los que antes eran mis amigos, recorrer de nuevo esas calles soleadas, estrechas y transitadas hasta algo que me sonase, una sola parada para mirar hubiera estado bien, pero no paraba de acecharme mi propio miedo.
Una monja para su coche: ¿eres tú? Ven, acércate. - No voy, gracias. Sí, soy al que le gusta ayudar a los desamparados.
Dios te bendiga.
Al final, despierto. Otra vez. Solo. Con un objetivo subjetivamente subjuntivado y nada más que unas firmes ganas de seguir cantando, soñando y haciendo de cada noche una película de esas que se inventan aquí arriba.
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