lunes, 27 de enero de 2014

Buenos días.

En el concurrir de una calle desierta de personas caminaba observando los quehaceres de los cuatro hombres que me perseguían desde la plaza Mayor y que no paraban de cuchichear a medida que me iba metiendo en aquel callejón sin salida.

Desperté en una habitación.
Suelo de madera, ventana enrejada, tal vez hierro, no tan acero. Hacia ninguna parte extendióse la vista cuando me asomé: laberintos de casas y callejuelas, mundanal ruido de gentes, peleas y Carnavalitos.
Yo, en mitad de un grito sepulcral.
No me podían haber quitado mucho, sólo 5 pesos, una camiseta y algo de agua embotellada. El móvil seguía teniéndolo yo, en retaguardia, y fue lo primero que traté de utilizar.
Lo segundo, mirar, escapar.
La puerta era sólida. La ventana, un salto al vacío si antes conseguía vencer a los firmes barrotes anclados a mi desesperación.
El techo, parece ido, desvencijado. Sólo tuve que agarrar una lasca de madera y comenzar a agujerear. Para la noche, ya hube abierto una entrada tal que mi cabeza. Para el desayuno, tras la visita para pedirme lo que llevara encima, pude aferrarme a los bordes y salir de aquella estancia.
Salí a una especie de buhardilla, pero debía de ser la especie a la que nadie sube, en la que hay palomas, entra luz por todas partes y el suelo es un despropósito a la seguridad.

Sólo tuve que salir y volver con los que antes eran mis amigos, recorrer de nuevo esas calles soleadas, estrechas y transitadas hasta algo que me sonase, una sola parada para mirar hubiera estado bien, pero no paraba de acecharme mi propio miedo.
Una monja para su coche: ¿eres tú? Ven, acércate. - No voy, gracias. Sí, soy al que le gusta ayudar a los desamparados.
Dios te bendiga.


Al final, despierto. Otra vez. Solo. Con un objetivo subjetivamente subjuntivado y nada más que unas firmes ganas de seguir cantando, soñando y haciendo de cada noche una película de esas que se inventan aquí arriba.




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