lunes, 27 de enero de 2014

Cuatro microrelatos rescatados.



Deja que el rio se lleve tu mente, tus malos pensamientos y dolores de cabeza. Que todo lo que te saca del mundo real se pierda en el fondo de los mares, tras haber recorrido el largo camino de la vida.
La pureza es la que nos conforta y nos duerme en la tranquilidad.




En el gran piso silencioso hay un hombre sentado en un sillón en la oscuridad.
Ha pedido quedarse solo, él, que siempre ha tenido terror a la soledad, a las habitaciones vacías, a la penumbra. Los otros se han ido después de haberle preguntado una última vez, antes de salir, con una nota de ansiedad en la voz, si estaba realmente seguro de querer quedarse allí, sin nadie que lo cuidara.
Ha respondido que sí, tranquilizador. Conoce tan bien esa gran casa que puede moverse libremente, sin nada que temer.
Las voces se han disuelto en los ruidos de los pasos que se alejan, de una puerta que se cierra, de un ascensor que baja. Poco a poco esos ruidos se transforman en silencio.
Así que ahora está solo, y piensa.
En la calma de esta noche de finales de mayo piensa en el vigor de los años pasados. Piensa en su breve verano, que se precipita hacia el otoño de los años que vendrían, que ya no recorrerá sobre las puntas de los pies, sino con las plantas firmemente asentadas sobre el suelo, aprovechando cualquier sólido asidero para no caer.
Por la ventana abierta entra el perfume del mar. Tiende una mano y enciende una lámpara colocada sobre una mesita, a su lado. Casi nada cambia para sus ojos, que ya se han vuelto un teatro de sombras. Vuelve a pulsar el botón. La luz se apaga, al soplo de un suspiro sin esperanza, como una vela. El hombre sentado en el sillón piensa ahora en lo que le espera. Deberá habituarse al olor de la cosas, a su peso, a su voz, cuando todas queden anegadas en el mismo idéntico color.




¿Qué esperas conseguir con esto? ¿Pretendes dirigirte hacia mí y que te perdone por lo que has hecho?
El mundo es complicado, pero tu existencia sobrepasa los límites. No mereces que lloren por ti, has hecho mucho daño a nuestra familia, has olvidado que otra persona te amaba y la has abandonado a su suerte mientras tu vergonzosa soberbia te hace ser un cobarde.

Márchate, cierra la puerta, no vuelvas la cabeza. Prefiero que huyas y te escondas en tu puta apariencia. Ya me encargo yo de que tu alma vaya muriendo, si es que la encuentro.

 Cabrón.




Al final, aquel hombre triste y solitario, dejó su vida lanzándose al más profundo de los mares de la desilusión. Demasiados engaños habían asolado su alma, haciendo que se convirtiera cada vez más en un reducto perdido en la inmensidad de su miseria. No podía soportar caer en el olvido, aunque esa era ya una realidad que sólo el conocía...
El hombre vagaba solo por las calles, paseando sin caminar, solo con la mirada. Evadiéndose de las pretensiones del mundo en el que se encontraba. Trasladándose hacia los lugares más remotos de su universo. Vagando por las vanas ilusiones y esperanzas de una vida plena de juventud y vitalidad.
Aquella sombra paseaba por las calles de Londres, el vapor del metro subía por los alcantarillados, destapando la parte más oscura de la ciudad de las luces. Son las 8 de la tarde y el hombre se desvanece...



Buenos días.

En el concurrir de una calle desierta de personas caminaba observando los quehaceres de los cuatro hombres que me perseguían desde la plaza Mayor y que no paraban de cuchichear a medida que me iba metiendo en aquel callejón sin salida.

Desperté en una habitación.
Suelo de madera, ventana enrejada, tal vez hierro, no tan acero. Hacia ninguna parte extendióse la vista cuando me asomé: laberintos de casas y callejuelas, mundanal ruido de gentes, peleas y Carnavalitos.
Yo, en mitad de un grito sepulcral.
No me podían haber quitado mucho, sólo 5 pesos, una camiseta y algo de agua embotellada. El móvil seguía teniéndolo yo, en retaguardia, y fue lo primero que traté de utilizar.
Lo segundo, mirar, escapar.
La puerta era sólida. La ventana, un salto al vacío si antes conseguía vencer a los firmes barrotes anclados a mi desesperación.
El techo, parece ido, desvencijado. Sólo tuve que agarrar una lasca de madera y comenzar a agujerear. Para la noche, ya hube abierto una entrada tal que mi cabeza. Para el desayuno, tras la visita para pedirme lo que llevara encima, pude aferrarme a los bordes y salir de aquella estancia.
Salí a una especie de buhardilla, pero debía de ser la especie a la que nadie sube, en la que hay palomas, entra luz por todas partes y el suelo es un despropósito a la seguridad.

Sólo tuve que salir y volver con los que antes eran mis amigos, recorrer de nuevo esas calles soleadas, estrechas y transitadas hasta algo que me sonase, una sola parada para mirar hubiera estado bien, pero no paraba de acecharme mi propio miedo.
Una monja para su coche: ¿eres tú? Ven, acércate. - No voy, gracias. Sí, soy al que le gusta ayudar a los desamparados.
Dios te bendiga.


Al final, despierto. Otra vez. Solo. Con un objetivo subjetivamente subjuntivado y nada más que unas firmes ganas de seguir cantando, soñando y haciendo de cada noche una película de esas que se inventan aquí arriba.




martes, 21 de enero de 2014

El universo es sabio, y nos hizo dos manos y una mente escandalosamente imaginativa.

Y ahora es cuando yo me vuelvo pequeño.
Recojo mis rodillas contra mi corazón y escribo con un sólo dedo toda la alegría llorosa que me invade.
Palpito. Me emociono al leer.
Y tan sólo espero encontrarte.

Como un  fuego tiritando. Una sombra que quiere ser luz. El agua que quiere ser alcohol, para presumir de alguna sensación. Y el alcohol, borracho de sí mismo, quiere ser agua.
Harto de nadar, se detiene el delfín, y se pregunta qué pasaría si se dejase llevar. A qué confines le llevaría la corriente. Y más importante, ¿llegaría al fin el delfín? O se reiría de la creación.
Es más probable, como la leche que quiere ser yogur para sentirse más entera, el delfín podría ser el primero en dejarse llevar.
Aunque no se dejaría llevar tanto como el whisky que cae por mi garganta. Tres chupitos y ya sabe bien. ¿Dónde está el límite contigo? Si empiezas a saber bien, como el chico feo que al final de la noche es una chica preciosa, es que vas mal. No mal, sino "no tan bien". Aunque en estos casos todo es posible, como la chica que escribe para liberarse, y deja de escribir también para liberarse, pero no se deja, porque es su amor acérrimo a las sábanas, al calor, al aire, al té, a la hierba, a la vida, es todo ello lo que no permite a uno ver que si algo es malo, después será bueno.

¿Más solo que la una? Al menos te tienes. Más solo que el cero, por eso todos somos sinceros, para buscarnos un uno que nos complazca, quizá un trío que nos satisfaga. No tanto una pareja, porque si es el sexo lo que nos preocupa, como le preocupa la música a la naturaleza, siempre aparece algo que nos ayuda.
El universo es sabio, y nos hizo dos manos y una mente escandalosamente imaginativa.

Por eso, como el pañuelo que quiere ser fular, tal vez bufanda, quiero optar a un puesto en tu cuello.
Tal vez, al igual que el sol rodea la Tierra para buscar su luna, yo quiero buscarte entre la ropa.
Y, como amanece en un día nublado, sin pretenderlo, ahogando cada pestañeo en un crepitar de mi aliento,
ojalá pueda encontrar tu mirada en cualquier gota de lluvia que fluya por este alma desvencijada que,
como una flor de un día, abre su corazón hoy para poder romperse, de nuevo, mañana.


Un resquicio.

Cuando la soledad se harta de mí, es solo el corazón quien permanece.
Y no puedo evitar ver cómo en el descontrol onírico de cada noche se cuela un ángel para recordarme que no quiero estar solo.
Me obligo a abandonar la creencia que opina que estoy mejor solo, y me transporto a un mundo donde jamás lo estoy.
Incluso amo.

Era un ángel.
Era la persona a la que amaba.
Era mi razón de vivir. Mi razón de sonreír. La razón para despertar mi alma de su muerte letárgica.
Ella curaba mis cicatrices, besaba mis aflicciones, y acariciaba las asperezas de mis recuerdos.
Si ella estaba junto a mí, jamás querría estar solo.
Quería vivir por ella. Llorar por ella. Desgajarme cada pedazo de piel que pudiera cubrir su tristeza y acostarme cada noche abrazando su alma.

Sin embargo, despierto.
Amanezco solo, a oscuras, con las manos en la cara.
Humedad en mi almohada, ¿lágrimas? Tal vez, o tan sólo miseria.
De decadencia falseada.
De una huida fallida hacia ninguna parte.
Y de un pacto con nadie para nunca ser feliz.

No quiero amar, ni ser correspondido. Ni manejar a mi antojo la mueca de nadie.
Mi tarea consiste en seguir. Acabar. Seguir. Y seguir.
Nada más que incongruencia es lo que debe rodearme.

Pero no acabaré del todo conmigo.
Porque aún puedo llorar.


Introduction to destruction.

Nada, en mi vida nada.
Amanece otra vez y no ocurre nada.
Un hueco vacío,
un estante sin objeto y un atardecer sin colorear.

Los sueños me abruman entre quehaceres y desenlaces poco afortunados,
con miedo, con rabia, con incertidumbre.
No logro sentirme vivo, me fallan las fuerzas y las voluntades,
y no hay mayor infortunio que la propia existencia.

Pero sigo despertando cada día,
y manejando la cabeza al antojo del corazón,
llevándome a donde nadie llega,
a cometer delitos,
intoxicarme,
egolatrarme
y casi disfrutar con esta especie de decadencia que espero construir a duras penas.

¿Qué escape quiero?
¿A quién quiero engañar?
De vuelta, un carajo.
Sigo yendo a los sitios. Sigo cargándome.
No aprenderé.

Aunque me autocontroversie oyendo música,
autoconsolándome con los 70,
automanejándome cada semana,
y autoesperanzándome con la vana idea de hacerme persona.

Lo siguiente va a ser menos glorificante,
pero más gratificante.
Voy a ser.
Lo voy a intentar.


lunes, 13 de enero de 2014

¡Cariño, he vuelto!

Hola, ¿qué tal?
He vuelto.
¡Qué de polvo por aquí!
Parece como si hubiera aparcado la mente tanto tiempo que quizá hasta haya perdido grandilocuencia y sagacidad en esta escorrentía que llamo mente.

No escribo en balde, sino que tengo algo que anunciar. Mi corazón late y palpita!
Creí que aquello se había quedado atrás, que no iba conmigo, pero nada más lejos de la creencia de sentirme especial.
Sigo siendo la misma mierda de tío, más gordo, más drogadicto y un tanto más cabrón. Me sigue masturbando el dolor,
Y las ganas de esconderme en el muro de la maña.
Pero, mira tú por dónde, la fortuna ha colocado algún resquicio de lozanería a mi pensamiento:
   No tanto un arpegio de guitarra,
Sino una sonata invernal,
               brisa de suavidad desesperada es su piel,
No tan permisivos los ojos,
             que pelean con la mirada.
    E irrumpen con sus manos,
                          Firmes,
Destrozadas del castigo de las estrellas.
Dame un castillo para destruir y un monte al que trepar de nuevo.

Aún dura la guerra del entero de mi yo.
Pero descubres algo afuera de que nuevo espera agazapado, a la sombra de un libro,
En el calor de una pluma.

La maquinaria vuelve a funcionar,
Decadencia condescendiente al ritmo de Extremoduro. Vida.